Maradona vive

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Dos hombres sentados en un pequeño sofá contemplan un televisor. El de la izquierda, un anciano. Los escasos cabellos grises dejan al descubierto una prominente frente de un rostro arrugado, con una nariz exacerbada. Los ojos cansados en una mirada a veces inexpresiva observan la pantalla. El acompañante, situado a la derecha del anciano, parece no estar tan centrado en lo que sucede en el televisor, parece estar más pendiente de las reacciones de su compañero.

El pequeño televisor- que corona la sobria estancia compuesta por un sofá, una mesa y una cama de hospital- emite un partido de Estudiantes de la plata. Una jornada más del campeonato liguero argentino. De pronto, en la austera habitación del Instituto Argentino de Diagnóstico y Tratamiento- que más pudiera parecerse a un asilo- el rostro inexpresivo del anciano parece recobrar algo de viveza: “Jorge, ¿por qué hay tantas banderas de Diego en los estadios?”. La pregunta corta la respiración a Jorge Bilardo, que con dificultad responde: “No tiene importancia Carlos. Está todo bien”.  A pesar de la respuesta cortante de Jorge, las banderas de Diego Maradona ya han abierto un viaje en la mente de Carlos Salvador Bilardo. Flash- backs de todo tipo vienen y van en su memoria. Pero hay uno muy concreto, que suena en su cabeza una y otra vez: “¡Poropopo poropopo es el equipo del narigón!”.

Buenos Aires. 30 de junio de 1986. Una multitud inunda las calles de la capital de Argentina. El núcleo principal del movimiento se concentra en la plaza del 2 de mayo. Repleta de banderas blanquicelestes, los miles de ojos convergen en un punto, donde tiene lugar toda la acción: el balcón de la Casa Rosada. Allí está todo el plantel de la selección argentina, que acaba de proclamarse campeona del mundo. Maradona con un micrófono encabeza los cánticos, con un Bilardo que procura pasar desapercibido. Es la era dorada del ‘bilardismo’, pero sobre todo se está produciéndose el paroxismo de Diego Armando Maradona.

Es mayo de 1986. La selección argentina de Carlos Salvador Bilardo llega a México, para disputar el mundial 86, sin el cartel de favorita y con críticas en torno a la figura de Maradona y el brazalete de capitán, que había sido entregado al `pelusa´ y retirado a Daniel Passarella, campeón del mundo en 1978. A la división en torno a quién debía de ser el capitán del equipo se unían las que había en torno a la figura de Bilardo por la sufrida clasificación a México 86: Argentina se había clasificado in extremis con el gol de Gareca a Perú en junio de 1985.

“¡Goool del pincha!”. Solo el grito trae de nuevo al presente a Carlos Bilardo. Contempla el gol de su Estudiantes y parece exhalar una sonrisa. De nuevo una toma general y una nueva vista de las banderas del Diego que le hacen absorberse de nuevo en su memoria. Ahora no es la Casa Rosada y los cánticos. Ahora, su memoria se detiene en el verde del terreno de juego, y el Diego de las banderas ‘gambeteando’ a todo aquel inglés que le salía al paso, para acabar haciendo el ‘gol del siglo’.

22 de junio de 1986. Cuartos de final. Argentina vs Inglaterra. El ambiente previo al partido del lado argentino es una mezcla entre patriotismo y revancha. Para entender el clima de revancha hay que retrotraerse a junio de 1982, cuando las tropas argentinas acababan de ser masacradas por el ejército inglés en tan solo diez semanas en la guerra de las Malvinas. Ahora el panorama era muy distinto. No había disparos ni balas. La única arma era un balón. Enfrente no estaba la temible Royal Navy, sino la Inglaterra de Gary Lineker. El escenario, el Azteca de México, con más de 100 mil espectadores.

Con 0 a 0 al descanso, la emoción tendría que esperar. Minuto 51 de encuentro. Valdano recibe la pelota. Controla mal y Hodge se la roba y da un pase atrás para que su portero, Shilton, la atrape. Pero en el camino, Maradona se interpone. Una mano golpea al balón. No es la de Shilton. Es la mano zurda de Maradona empujando la pelota al fondo de la red. Una mirada de reojo al árbitro y una celebración para la historia.

Minuto 55 de partido. De pronto en una cabina del Azteca, los gritos de un locutor:  “Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona. Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, deja al tercero y va a tocar para Burruchaga… ¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! Ta ta ta ta ta ta ta ta … ¡Goool! ¡Gool!  ¡Quiero llorar! Dios Santo, viva el fútbol. Golaaazo. Diegooool. Maradona. Es para llorar. ¡Perdónenme! Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos. ¡Barrilete cósmico! ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2 – Inglaterra 0. Víctor Hugo Morales acaba de relatar el mejor gol de la historia de los mundiales. Maradona recibe el balón en el centro del campo y ‘gambetea’ a media selección inglesa, para marcar el segundo gol. Sobran las palabras.

“¡Carlos! ¡Carlos!”. Una voz familiar despierta a Carlos Bilardo. Es la voz de su hermano Jorge Bilardo. “Te quedaste embobado, ya acabó el partido, ¿en qué pensabas? Es igual, se hace tarde. He de irme”. Es de noche ya, y el horario de visita se acaba. Carlos, ya tumbado en la cama de hospital, ve a Jorge marcharse. Antes de cerrar los ojos contempla un pequeño marco de fotos que hay en la mesilla. En la foto una imagen de un Maradona, que llorando se abraza a él. En su cabeza vuelve a resonar fuerte un sonido: “¡Poropopo poropopo es el equipo del narigón!”.

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